EL TESORO DE NORMANDY
Capítulo I
Seis de junio
-
El abuelo de Normandy fue un héroe de guerra. Un
gran hombre, valiente, generoso, sensible. Pero su padre. Su padre era muy
diferente del viejo. Era arrogante, altanero, soberbio. Egoísta. Un cobarde.
Era un viejo de mierda.
Eso
fue lo primero que escuché de esta historia, que a diferencia de las tantas y
tantas otras, tenía algo tan diferente e inquietante que me llevó a prestarle excepcional
atención. Tal vez por eso la recuerdo en detalle. Esto fue hace bastantes años
atrás, estábamos haciendo un relevamiento de planchadas de exploración minera
en el lugar que puede definirse como el más ventoso y frío del planeta tierra.
Allí arriba en la parte más alta de esa colina que domina todos los horizontes
imaginables el viento se arrincona, toma fuerza y se desploma furioso sobre
todo lo que tenga vida, alma y sentimientos. Hasta las rocas duras, las andesitas
y los granitos hace rato se han dejado vencer por el tremendo vientazo, tanto
que hasta ya no tienen forma, color y textura. Estábamos justo encima de la
Loma Ginger.
Debe
haber sido agosto, ya finalizando la tarde justo cuando arrancaban los mates le
pregunté, solo por preguntar, a uno de los más viejo de los ayudantes de
geología si sabía quien o porque habían bautizado Ginger. El hombre, que era un
explorador veterano, experto reconocedor de rocas, chismes y alcobas me dijo que
si, que por supuesto, él lo sabía todo. Pero que le tuviera paciencia, que
íbamos a necesitar más de una pava de mates para poder conversarla, recorrerla,
exponer esa historia como se debía. Y aunque yo sabía que el veterano era de
mezclar malas verdades con buenas intenciones la promesa de chisme profundo bien
valía la pena. De bajada, en el camino al campamento me tiró dos o tres pistas,
y así entendí que la respuesta al nombre de la Loma estaba en una apasionante historia
femenina. Todo tenía que ver con la primera geóloga que se aventuró a explorar
esos yacimientos, la señora Normandy, otra gringa brava.
El
abuelo de Normandy era un ingeniero oficial de la 3º División de Infantería de
Canadá que protagonizó la sangrienta y famosa Batalla de la Cresta de Verrières,
uno de los tantos enfrentamientos bélicos que se desarrollaron como parte de la
Batalla de Normandía, en el oeste de Francia en la segunda guerra mundial.
Luego de la guerra el abuelo conoció a una francesa con quien se casó y se
instalaron en el estado de Nevada en los Estadios Unidos. La pareja tuvo un
solo hijo, el padre de Normandy que era geólogo de carrera y cabrón de
nacimiento. Tuvo la suerte de heredar dos campos en Nevada que resultaron tener
uno de los yacimientos de oro más grande del estado e incluso del país. El tipo
se casó con una hija de un petrolero y formaron una pareja de las más ricas y
aristocráticas de Reno. Tuvieron cinco hijas mujeres y de estas Normandy era la
quinta. Era la no esperada, la no deseada e incluso según la propia Normandy,
la maldecida por padre y madre.
Normandy
nació el 6 de junio de 1966 fecha en la que se cumplían 23 años del desembarco
de Normandía. Su madre siempre dijo que la niña estaba signada por el mismo
demonio, el 666 signaría su vida para siempre. Y el padre, algo más inteligente
pero muchísimo más perverso todavía hizo un doble golpe de efecto bautizando a
la niña con el nombre de Normandy. Es que el tipo odiaba a su padre, detestaba
las historias de valentía, heroísmo y camaradería que engalanaban la vieja casa
familiar y las tertulias de cuanta festividad hubiera. Sabía sin embargo que
las playas sembradas de muerte en Normandía lo despertaban en la pesadilla más
horrible a su padre aun muchos años después de la sangrienta batalla. La niña
cargaría con el tormento religioso de su madre, el horror del recuerdo de su
abuelo y el desprecio de su propio padre. Al menos, era lo que estaba en los
planes.
Capitulo II
El tesoro
No
pasó mucho tiempo después de aquel seis de junio para que Normandy revelara a
todos de que estaba hecha. Había heredado la dureza, el orgullo, y la templanza
de su abuelo. De su padre la astucia, la codicia, y sobre todo esa horrible y
altanera arrogancia. De su madre había absorbido todos y cada uno de sus rasgos
sajones más finos y bellos de su juventud perdida. Todo concluyen que ya en su
primera adolescencia Normandy ya era una mujer hermosa.
Convencionalmente hermosa, cabello rubio dorado, ojos verde-esmeralda, piel
clara y una figura esbelta, endemoniadamente esculpida y elegante. Tenía un
tipo de belleza tan notable que destacaba en cualquier sitio, en cualquier
momento. Las mamis de la escuela se desvelaban ante la certeza de no había
ningún niño que solo por verla sufriera el resto de su vida el amargo tormento
del amor imposible. En los años de preparatoria y universidad caían previsible
e inevitablemente abatidos a sus pies compañeros, estudiantes, profesores y
académicos. Inteligencia y obstinación confluían en una figura destacada,
siempre primera, siempre con las mejores calificaciones, ya fuera por su intelecto,
su preparación o por el uso y abuso de su labrada seducción natural.
Las vacaciones de niña eran
normalmente en una cabaña en la Sierra Nevada junto a sus abuelos. Había
aprendido el arte de cebar una trampa de cepo para zorros y podía quedarse
muerta de frio horas esperando pacientemente por una captura. La fascinaba la
naturaleza previsible de las pobres bestias, la forma en que los zorros
aprendían olores, colores y formas de las trampas pero que aun así, si el cebo
era lo suficientemente atractivo en algún momento, en algún momento caerían.
Cercenados, mutilados o en el mejor de los casos abatidos mortalmente por la
violencia y la dureza del metal helado. De esa forma aprendió a usar esa
cándida mirada de ojos verde esmeralda. No había hombre o mujer que no fuera
atraído por esa mirada aun cuando al acercarse siempre sentían el miedo a las
consecuencias. Pero esos mismos ojos que migraban del verde al blanco
transparente cuando veía los zorros mutilados en la Sierra Nevada también
producían el espanto de quienes se arriesgaban a una mirada sin su
consentimiento
Su carácter dominante,
competitivo, algo cruel a veces, solo los convidaba de a pequeños sorbos en las
competiciones deportivas. Era una atleta extraordinaria, imbatible, veloz,
hábil, estratega, donde perder y menos empatar eran opciones viables,
tolerables. Amigables.
Su abuelo quien que desde el
mismo día del nacimiento la amaba tanto como lo temía se hizo cargo de su
educación, sus caprichos y sus excesos. La ciudad de Reno vivía el final de la
fiebre del oro y comenzaba a convertirse en una ciudad del juego y las
apuestas. Es una obviedad decir que entonces era demasiado pequeño y vulgar
para las ambiciones de Normandy. Eligió la escuela de geología de Colorado para hacer
sus primeros estudios para luego si tomar maestrías y doctorados en Europa. No le gustaba hablar mucho de su pida
personal, pero dejaba entrever que había tenido varios novios oficiales, todos
ellos estudiantes quirúrgicamente seleccionados de las mejores familias de Reno
o Denver. También amantes ocasionales, profesores encumbrados, fundrisers
generosos, lobistas desprevenidos, CEOs desconcertados y dicen que hasta algún
cura confundido. Y todos habían empezado con el mismo síntoma andrógeno y
terminado con la misma calamidad senil, abandonados, descorazonados, corroídos,
separados, humillados. Tan brutal y sencillo era el final para romances que ni
siquiera habían empezado para la deseada y solitaria Normandy.
Lo único certero en la vida de la
gringa brava era que nada era casual, no, había jugado el destino todavía ninguna obra
macabra. Normandy siempre supo que lo que quería. No era lograr una familia
hermosa con una casita llena de hijitos de ricitos dorados y un papá sonriente
de camisa leñadora volviendo de aserrar troncos. No. Pero tampoco era
conquistar el amor desarraigado de su padre, el que nunca tuvo. O una última
caricia de su madre, un regalo especial, o una mínima atención o palabra de
cariño de sus hermanas. No, no. Nada de eso la conmovía, ni siquiera le
interesaba.
Lo que añoraba Normandy, lo que
realmente deseaba era todo aquello que su padre había y seguía soñando. Nada
más que eso le producía tanta felicidad, tanto gozo a Normandy, solo imaginar
ese único día. Ese día en que su padre viera el logro de su hija. Porque así
despojándolo de su sueño le arrebataría de un solo golpe cada parte, cada gota,
cada mínima molécula de felicidad que había buscado en toda su puta vida. Y
así, el sueño del padre era también el tesoro mejor guardado de Normandy. El
descubrimiento de una mina. No cualquiera, no la más grande, no la más rica,
sino la más inexplorada. La menos esperada
Capitulo III
Colmillo Blanco
Colmillo Blanco era uno de los
ayudantes de exploración que Normandy había solicitado expresamente para que la
asistiera para esa campaña tan especial de prospección en la Patagonia. Los geólogos siempre buscaban asistentes que
tuvieran buenas condiciones como baqueanos ya que necesitaban personas que
conocieran los campos, los arroyos, las sierras y especialmente el humor de las
gentes. Colmillo tenía ganada su fama de explorador y era considerado uno de
los mejores baqueanos de sierras y mesetas. Voluntarioso, curioso y de fácil aprender
rápida e inexorablemente se había aquerenciado en el podio de los ¨elegidos¨ de
las altas gerencias.
El muchacho había nacido y vivido
casi toda su vida en un puesto de chivas semi abandonado en las sierras altas
de Talagapa. Y aunque se puede decir que era otro de los tantos supervivientes
de la ausencia del estado, también era uno de los pocos bendecidos por los
milagros del destino. Es que a diferencia de otros hombres y mujeres de campo
que suelen sufrir severos problemas de alimentación había tenido una dieta
singular y exclusiva. Se había alimentado toda su vida de semillas nativas,
raíces energizantes y especialmente con leche de un rebaño de cabras Saanen que
había importado un suizo al final de la segunda guerra. Costumbre que conservó de adulto cuando por
esas cosas de la vida dio con un campamento minero, pero que aunque lo hubiera
salvado del ostracismo no lo privó de la salvadora leche bendita. Todos
aseguran que en los campamentos mineros era una de las pocas exigencias que
tenía, la provisión de al menos 5 litros de leche de cabras lecheras de las
mejores cabañas, volumen que se repartía de a mitades iguales en el desayuno y
la media tarde.
En esa famosa campaña de
exploración minera, con veinte años recién cumplidos era un hombre fornido. De
músculos de hierro y abdomen trabajado su tez y su pelo eran tozudamente
oscuros. Su semblante era el del hombre curtido por el viento y el hielo, pero
sus rasgos, sus rasgos denotaban una peligrosa vinculación genética con su padrino
suizo y no a con quien acreditaba ser su padre biológico. Asi todo, a pesar de
su porte desbordado de andrógeno lo primero que lo destacaba era una sonrisa
tan blanca y conspicua como la lana de sus añoradas cabras de Talagapa. Esa
sonrisa, hija legítima de una dentadura tan perfecta e inmaculada, solo era ligeramente
disturbada por una imperceptible y bella deformación de su colmillo izquierdo.
Esa era precisamente la
explicación más obvia, hasta perezosa de su particular apodo. Pero no era la
única versión, ni tampoco la más aceptada. Por ejemplo, para la gente de la
ciudad fueron los gringos los que lo apodaron Colmillo Blanco inspirados en la
vieja novela de aquel prodigioso perro lobo criado en la Alaska salvaje. Los y
las gringas fantaseaban en que el hombre para enfrentarse al constante peligro
de morir de frío o de hambre había desarrollado ese cuerpo y esas habilidades
particulares. Se habría vuelto más ágil que otros hombres y bestias, más rápido
al correr, astuto, más liviano, más fuerte, con músculos y nervios de hierro,
más resistente, de momentos grácil, de a pulsos feroz, y siempre más
inteligente. Tuvo que ser todo eso, de lo contrario no hubiese resistido ni
sobrevivido al hostil ambiente en donde se había criado concluía la gringada
después del sexto whisky. La tercera versión y la más difundida entre sus
colegas y en la gente del pueblo recaía en aventuras y desventuras del corazón
y la sangre. Es que entre sus dotes y sus destrezas amatorias se incluía,
dentro de un amplio y siempre renovado repertorio, una novedad para el pago.
Era ese aullido final y consagratorio tan entrañable y escalofriante como aquel
escuchado en las noches más ocurras de perros y zorros cebados de la sierra
nevada.
Para los geólogos cuando se
debían aventurar a ingresar a algún puesto lejano o alguna estancia
desconocida, estar acompañados por Colmillo era su mejor seguro de vida. Y no
era porque Colmillo predecía mejor que Windguru las tormentas, reconociera el
paisaje mejor que un GPS o tuviera una memoria fotográfica de cada afloramiento
rocoso que recorrieran. No, era a otro peligro que le temían de veras. Es que a
veces los gringos no eran bienvenidos en esos páramos superpoblados de
aislamiento y desconfianza. Entre otros
términos de referencia laborales, Colmillo auguraba al menos salir en una
pieza, con vida, y si había suerte hasta con una cocina caliente lista para los
mates y las tortas fritas.
Con las mujeres nunca había
dudas, no era un problema, de hecho, era ya hasta aburrido escuchar los sonoros
suspiros de todas las vecinas de la comarca ante la presencia del bien dotado.
Niñas, adolescentes, adultas, ancianas. Solteras, casadas, viudas, divorciadas,
y hasta las finadas lo tenían agendado en algún capítulo de su colección de
fantasías inconfesables. Colmillo
constituía el epítome del amor a primera vista.
Con los varones era distinto
porque su fama a pesar de la corta edad trascendía fronteras. No obstante, así
como era locuaz con su cuerpo era definitivamente encantador con sus probadas
sapiensias. Amante confeso de los caballos ya tenía su reconocimiento como uno
de los mejores domadores de criollos del departamento, y esto era esa pequeña
ventaja que necesitaba para dejar atrás la desconfianza reproductiva de los
machos dominantes y periféricos para entrar en la pasión costumbrista campera
de caballos, carreras y apuestas.
Colmillo blanco debía ir al
aeropuerto de Comodoro Rivadavia a buscar dos gringas para su próxima jornada
de trabajo. Cuando encendió la camioneta en el bonito Pico Truncado la mujer
que sería su jefa los próximos meses se embarcaba desde Buenos Aires
Capitulo IV
Coordenadas en tinta
Mont Blanc
La minería moderna ha
evolucionado muchísimo desde aquellas imágenes románticas de buscadores y
bateadores de oro que usaban esos platos hondos con forma de sombrero chino
para lavar la tierra con la ayuda del agua del río. En las nacientes de la sierra Nevada Normandy,
más como un desafío lúdico que profesional, había sentido esos pequeños pulsos adrenalínicos
cada vez que hallaba con su abuelo esas brillantes e inmaculadas pepitas
doradas. Irónicamente, treinta años después de las mejores universidades y las
más exquisitas de las especializaciones de geología minera Normandy había
obtenido su postgrado en prospección geoquímica de sedimentos (una manera
sofisticada de saber si la arena del río arrastra oro y de donde viene).
Las coordenadas precisas para el
descubrimiento que cambiaría su vida (y la de sus demonios) las había
encontrado en una extraña, aunque desagradable casualidad. Fue una noche en una
cena de beneficio organizada por su madre a la que extrañamente había sido
invitada y a la que previsiblemente concurrirían las familias mejor acomodadas
de Reno. Ya hacia el final de una noche
aburrida, uno de los mejores amigos de su padre nunca había ocultado un
torrente miradas lascivas hacia la joven dio el primer paso. Normandy lo
detestaba como a todo lo relativo a su padre, aunque sintió que detrás de esa
pila de mierda podría haber una oportunidad única e irrepetible. Es que el
viejo verde tenía un catálogo de cateos mineros alrededor del mundo y Normandy
hacía tiempo que lo sabía.
El tipo era propietario de las denominadas
empresas Junior, empresas que tienen la particularidad de no tener ganancias,
solo pérdidas. Salvo que, salvo que un día descubran la gran pepota de oro y
allí más pronto que tarde se olvidan de sus penas. En definitiva, Reno era eso,
mineros y apostadores, casinos y minas, timba gringa de alto nivel. Lo que
ocurrió luego en esa noche no vale la pena escribirlo, y no tendría ni siquiera
buen gusto leerlo. De la misma manera, el resultado del encuentro es tan
evidente que no merece atención salvo por el detalle que Normandy se alejó de
esa cama habitada por el todavía inmóvil cuerpo senil con 16 números mágicos. Imitando un collar de perlas que no llegaba
hasta sus senos el viejo había escrito con su pluma un número por perla que indicaban
las coordenadas de un cateo minero en el fin del mundo.
Todavía con algo de resaca
Normandy se lavó en el tiempo exacto que pudo cincelar en su mente la
caprichosa secuencia de números.
Revolvió todas las bibliotecas hasta que encontró, extrajo y desplegó
los mapas del generoso macizo patagónico. Leyó sin detenerse un segundo todos y
cada uno de los papers e informes de la geoquímica argentina, de los mil éxitos
y errores de exploradores afamados. Hasta que en un instante los ojos verdes
esmeralda se una vez más se tornaron tan brillantes como un diamante, el
corazón le latió tan fuerte y el calor de la sangre hirviendo le hizo dar un
grito explosivo.
Finalmente lo había encontrado. Su tesoro.
Estaba ahí, había venido hacia ella. El cateo que el viejo había desdeñado era
una zona explorada durante años. Habían encontrado pequeñas cantidades de
plata, cobre, zinc y hasta algo de oro pero no en la concentración y calidad
que debía encontrarse según todas las teorías vigentes. La gran maza aurífera,
la madre de todo el oro y la riqueza imaginable estaba en algún lugar, solo
hacía falta conocimientos, tenacidad y algo de fortuna para descubrirla.
Y también mucho dinero.
Todavía con las lágrimas en los
ojos y la ropa impregnada de olor a ron y al viejo de la noche anterior se fue
en búsqueda de su abuelo. No fue tan difícil convencer al héroe de guerra a
darle todo lo que fuera posible por ver a la pequeña Normandy al menos una vez
una su vida verdaderamente feliz. Al día siguiente firmaron los documentos de
sesión de todo el dinero de sus abuelos incluyendo lo que quedaba de una
generosa pensión de guerra. Eso era nada comparado con la recompensa segura.
Normandy sabía que además, para
que plan tuviera éxito debía formar un gran equipo de exploración, que
combinara los mejores expertos internacionales con lo mejor de la experiencia
de exploradores regionales. El equipo estaría formado por 40 personas que
incluían geofísicos, geólogos, hidrólogos, biólogos, ingenieros,
planificadores, cocineros, campamenteros, choferes, y un
único y siempre necesario mecánico de Toyotas.
Un jefe de proyecto se encargaría
de los aspectos administrativos, un abogado locuaz y bien predispuesto lidiaría con los permisos y
la burocracia, mientras ella lideraría al equipo en el terreno se enfocaría en lo
sustantivo, la exploración. La campaña no cesaría hasta tener la certeza del hallazgo,
la confirmación y el certificado. En la distribución de tareas había armado un
equipo personalizado formado por solo tres personas. Un baqueano que conocía como
nadie el lugar, que sabía colectar y trasladar cuanta roca sospechosa
encontrara, que conducía como nadie una chata destartalada exactamente hasta
donde ella quisiera y que además cocinaba y armaba campamentos como los dioses.
Para las muestras subterráneas había elegido una botánica que identificaba como
nadie todas las plantas que tenían capacidad de absorber metales y que a la
postre indicaban los metales que eran invisibles en la superficie. Finalmente, el
equipo estaba gobernado por Normandy recolectando arenas y sedimentos en todos los
arroyos y vertientes posibles.
La estación aeroportuaria de Comodoro
Rivadavia causaba en esos tiempos el mismo efecto depresivo sobre las almas y
los cuerpos que la abominable terminal de buses. Pero no lo alteró a Colmillo
Blanco, ni siquiera dejar temprano la suite presidencial del Lucania Palazzo
que había pagado generosamente la empresa. Es que las campañas mineras podían
criticarse por casi todo menos por su típico desbordado derroche logístico. Lo que,
si lo turbó, lo conmovió en forma instantánea fue sentir el doloroso cachetazo de
indiferencia de Normandy ante su encuentro. El que para remate lo remató con un
convide austero de una orden sencilla pero pronunciada en un exquisito y
perfecto español: Lleva estas valijas al vehículo y prepara todo para salir
inmediatamente al proyecto.
Capítulo V
Los secretos del manantial
Sobrellevar cinco horas de
silencio fue tan arduo y tortuoso para Colmillo como manejar en esa ruta
repleta de baches, curvas atrevidas y camioneros lanzados. Normandy se había
reclinado en el asiento delantero en el mismo aeropuerto y permaneció allí
dormida profundamente, aunque de a ratos dejaba entrever el profundo color
verde esmeralda debajo de sus finas pestañas. Colmillo aprovechaba los momentos
en que Normandy dormía para observar, disfrutar de su rostro divino. De a
momentos jugaba a adivinar la sinuosa figura que se insinuaba debajo de unas
viejas y deshilachadas bombachas de campo.
Recién al mediodía cuando
llegaron al paraje de Tres Cerros pararon en una estación de servicio a cargar
combustible y comprar alimentos. Era
agosto y era tiempo de alternancia de heladas, escarchas, soles picantes,
viento, viento y más viento. Dentro de la camioneta atiborrada de planos, cajas
de muestras, instrumentos, piquetas y ropa de campaña el sol entibiaba las
bebidas, alimentos y los cuerpos. Afuera el viento no daba tregua y entonces
Normandy dio la orden de preparar algo liviano comer en el vehículo y seguir
viaje.
Mientras Colmillo revisaba la
caja y los auxilios de las cubiertas Normandy se quitó la campera y abrió su
camisa para dejar expuestas una piel blanca y perfecta contorneada por el negro
profundo de una camiseta dulcemente ajustada. Acomodó el espejo retrovisor para
mirarse e iniciar un ritual que la acompañaría toda la campaña frotándose lentamente
el pecho como si tocara, reconociera, memorizada cada una de las perlas de su
collar imaginario de números que contenían las atesoradas coordenadas. La
escena era observada por el atribulado Colmillo que como podía disimulaba la
mirada pretendiendo un chequeo exhaustivo del agua y aceite de la Toyota. No se
decidía a ingresar para no interrumpir esa escena mágica del sol del atardecer
iluminando la piel, la figura y el cabello dorado de la inquietante dama. Luego,
en el ingreso torpe de colmillo al habitáculo el viento cerro estrepitosamente
la puerta y con esto asesinó toda la magia.
Todo volvió a la normalidad hasta
que, en un momento, sin preámbulos ni explicaciones Normandy lo encandiló con
sus ojos, de devolvió la mirada, y le disparó con esa sonrisa implacable y
seductora que la había acompañado toda la vida.
Los minutos o las horas que duró el camino ella permanecía inmutable,
solo lo observaba, le sonreía, lo embriagaba. No era nada nuevo para ella, ya
estaba habituada a domesticar personas a su antojo, aunque esta vez parecía
algo diferente. Es que con este muchacho salvaje solo disfrutaba, no tenía esta
vez ningún objetivo más que disfrutar ese increíble cuerpo y esa alma indomable
por segundos por por horas. De a ratos se reía, se sonrojaba, fantaseaba en
sacarle cada una de todas las cosquillas a ese caballo salvaje.
Colmillo sentía esa mirada
lasciva y lacerante que no menguaba ni un puto instante. Para el, la
transpiración lo empapaba, los segundos parecían horas y solo tenía fuerzas
para suplicar que el diosito lo ayudara a pronunciar, aunque sea una palabra. Confundido
por el calor de la tarde, y la presencia de quien en definitiva era su jefa,
sentía como reales las caricias que la dama le regalaba en las orejas y el
cuello. Se sobreponía de a ratos en cada salto que daba la Toyota en los
guardaganados vencidos de la inmunda huella, y luego volví a caer en el
embrujo. En dos o tres ocasiones sentía que pasaría lo peor cuando por muy poco
podía contener ese aullido, ese aullido que sería el más grande de toda su vida
Por suerte divina, el torrente de
hormonas que parecía infinito se detuvo bruscamente. Para eso basto solo toparse
con la imagen religiosa profana de un gauchito gil que presagiaba la llegada al
campamento minero. Metros más allá, un montón de carpas blancas y trailer de
chapa, estabn flanqueados por el jefe que esperaba con toda la dotación a
Normandy. Sin más ceremonias comieron un arroz ligero y se fueron todos a la
cama. Normandy dormía en la carpa más grande donde además tenía sus instrumentos, las
muestras, una mesa de trabajo y miles de planos. Cansada, pero a la vez excitada
por las novedades pudo dormirse muy avanzada la noche. Hasta que sintió que
alguien entraba a su tienda y le tocaba suave y gentilmente el hombro para que
despertara.
Era la madrugada y una de las
cocineras le avisaba que tenía el desayuno servido y que había llegado la
botánica que esperaba. Entonces la mandó a llamar a recién llegada y a Colmillo.
Tuvieron su primera charla y tres o cuatro órdenes concretas para planificar
los meses de campaña.
La botánica era una chica joven,
callada, vestida siempre de hombre lo único que la destacaba eran su pelo rojo
y la nariz poblada de pecas doradas. Nadie la conocía, pero venía de otra
empresa muy recomendada y como respondía con tanta seguridad y con tanta
soltura y precisión cada requerimiento de Normandy rápidamente se ganó su
confianza.
Las primeras semanas pasaron
rápido y entretenidas. Los arroyos y los paisajes se multiplicaban, eran
siempre diferentes, cada signo de arenas, o de rocas o de plantas sugerían,
indicaban, prometían. El presupuesto era todavía abultado y en lo único que se
pensaba era en los sitios a explorar, en el hoy y en el mañana. Pero a medida
que el tiempo pasaba la monotonía se apoderaba del grupo y la cuenta regresiva
de fondos y recursos ya era una seria amenaza.
Cuando el equipo ya demostraba lo
prolongado de la campaña, Normandy supo que era tiempo de detener las tareas unos
días y dejar que hombres y mujeres fueran de descanso y visitaran a sus
familias, que renovaran fuerza y energía. Colmillo que no tenía familia y la
botánica que nadie sabía de donde había venido y solo vivía para la ciencia y
la campaña. Habían formado con Normandy
un equipo soñado, ambos le temían tanto como la adoraban. Decidieron entonces continuar
esa semana caminando los arroyos más escarpados y quizás para distraerse aprovechar
el calor de noviembre para darse un baño en alguno de los remansos.
Estuvieron todos esos días
trabajando sus relaciones muchísimo más que la prospección geológica, aunque a
Normandy parecía no interesarle, parecía incluso disfrutarlo. El último día de
soledad antes que regresara el equipo esas tres figuras tan unidas y singulares
salieron con poca roca llevando solo los instrumentos necesarios para
recolectar alguna muestra que se les que se les apariera, que se les regalara.
Disfrutaban tanto la ocasión que ni siquiera tenían expectativa de encontrar
ese día alguna muestra interesante, solo caminar, charlar y compartir un día
íntimo de ciencia y de confesiones. Habían escuchado que el manantial debajo
del cerro estaba demasiado caminado y no había metales escondidos pero eran un
paraíso escondido con agua tibia y arboles de buena sombra. Llegaron sobre el
mediodía y después de colectar algunas rocas y arena casi sin ganas prepararon
el almuerzo mientras amagaban con desnudarse para tirarse en lo más profundo
del paradisíaco estanque.
La primera en desvestirse fue
Normandy que no dudó y se sumergió de inmediato. Colmillo que nunca había visto
a alguien buceando se asustó al ver que su jefa no aparecía, pero las risas de
la botánica detuvieron el impulso de salvar a la dama. Lo siguiente fue la
imagen semidesnuda de Normandy saliendo de la lagunita con un puñado de arena
tan negra que parecía petróleo que le caía de la mano. La botánica fue la
primera en darse cuenta de lo que ocurría y casi como un reflejo inmediato paso
de un estado hormonal intenso al ser hipotético deductivo que la caracterizaba.
Toda la vegetación que rodeaba el arroyo denotaba el color y la textura que la
botánica conocía eran una evidencia contundente de una gran anomalía mineral.
Corrió en busca de Normandy, la abrazó, cayeron al agua, gritaron, rieron,
insultaron y volvieron a reir como locas.
Ni bien llegaran al día siguiente
el equipo se levantarían masivamente todas las evidencias, las enviarían a un
laboratorio y con las pruebas solo faltaba iniciar los trámites burocráticos y
aburridos para declarar la futura mina. El primero de diciembre podía decirse
que la campaña estaba finalizada, pero Colmillo insistió e insistió en esperar
un día para terminar todas las exploraciones como se debía, con asado, vinos y
música. Después de todo el equipo lo merecía, y Normandy merecía el
agradecimiento y la despedida de su gente en una noche que fuera lo más
parecido a una fiesta de despedida.
Los geólogos que eran bien
reconocidos por su espíritu de equipo deliraban con la sola fantasía de Fernet
con Coca libre al son de una cumbia de la Mona que se acostumbraba en un
bolichón de culto en Pico Truncado. La idea fascinaba a todos incluso hasta la
inexpresiva botánica que se había ofrecido para convencer a la gringa de
acompañarlos y de ser la invitada. La excitación de todos esos nuevos ricos
inundaba el aire y también apresuraba las faenas de desmantelamiento del
campamento que al final de la tarde solo estaba formada por una sola carpa
blanca. De allí salió la botánica con su carita roja y sus ojos grises
brillando con la novedad que Normandy había aceptado ir a la fiesta pero que al
finalizar quería quedarse sola en el campamento en su carpa. Quería levantarse
y ya no ver más a nadie porque de verdad la acongojaban las despedidas
Capítulo VI
La redención
La duración de las horas del día
en el verano patagónico es dos veces más larga que la de sus noches. Esto
significa que la previa a una fiesta nocturna debe ser algo vertiginosa para
asegurar que no la sorprenda el alba. Por eso es que llegaron tan apresuradas
las cinco camionetas blancas cargadas de pertrechos de campaña y de gente
alegre, locuaz y bien vestida.
Estacionaron como quisieron y
como pudieron en una de las calles de pueblo y salieron disparados todos juntos
a la búsqueda de un barcito pintoresco de bloques y techo de chapa que le
habían recomendado los petroleros. El bar que funcionaba de día como
consultorio de un sanador y una tarotista no decía nada por fuera, y no era
nada pintoresco. Por dentro estaba singularmente decorado, por una instalación
barrroca formada por un montón de esculturas de caballitos armados con llantas
viejas y piezas varias de perforación petrolera.
No era muy bonito y ni siquiera
era simpático y mucho menos autóctono. Tampoco era original, salvo por el
pequeño detalle de la iluminación que funcionaba con una bomba de queroseno. Lo
cual en si mismo no era extraño salvo por el detalle de la sincronización
espectroscópica que sincronizaba con los cinco parlantes de la salita de baile.
Por un error de diseño, al
contrario de lo que esperaban los parroquianos los golpes graves o más sonoros
del bafle producían un descenso de luz en vez de un aumento y esto le daba algo
más de originalidad. Los caballitos de hierro estaban surcados por los tubos de
perforación que simulaban los tallos de un jardín florido de donde emergía el
corcel. Cada flor estaba compuesta de cáliz, sépalos y pétalos de caucho de
cubierta reciclada, y desde el centro emergían unas eróticas de lámparas de luz
de queroseno.
Las explosiones de polen eran simuladas
por el vapor, no por la bomba de hielo seco, sino producto de una mala
combustión de la iluminación vintage. La última en entrar y la primera en
quedar alucinada por esa magnífica coreografía biológica fue la botánica.
El dueño era un cordobés que había
hecho y malgastado una pequeña fortuna como boca de pozo en una empresa
petrolera. Inspirado por la creatividad cordobesa de las sierras había creado
ese santuario donde se profesaba la religión de la cumbia y el fernet con Coca.
Y aunque los locales habían perdido la atención del santuario hacía rato cada
vez que venía un grupo de gente nueva lo repoblaban a la caza de caras y
conversaciones renovadas. Como
corolario, a las 12 de la noche en ese barcito no cabía un alfiler
Para Normandy el lugar era
absolutamente absurdo, brutalmente ridículo, fascinantemente encantador. La
suma de las imperfecciones de ese patético barcito se transformaba en un limbo que
invitaba a habitarlo a perpetuidad. La música no le era completamente
desconocida, esas melodías las había escuchado en las radios locales y en las
tiendas de campaña de geólogos y asistentes. Pero los bailes, las danzas que en
ese momento se presentaba en una mixura de cumbias villera y cuartetera ejercían
en ella un poder hipnótico.
Todo el equipo se había vestido
para la ocasión, tanto que resultaba extraño verlos vestidos con ropa moderna, de
marcas exclusivas, ceñidas, originales, sensuales. Para la ocasión, Colmillo
había seguido los consejos de la botánica, una camisa negra suficientemente ajustada
para demarcar su esculpido abdomen, zapatos elegantes y un pantalón generoso
para navegarlo con la mirada tanto por proa como por popa. Normandy, que no
importaba lo que se tirara encima siempre se robaba todas las miradas, esa
noche eligió un vestido de encaje beige, corto y ajustado a su increíble figura.
Lucía como una segunda piel que remataban unos zapatos de tacón alto para
sobresaltar más de lo imaginable sus piernas mágicamente perfectas. La
botánica, que a esa altura de la campaña era ya no solo su asistente, sino una
amiga y confidente se sentó excesivamente pegada a ella. Le hablaba al oído muy
cerca para que la pudiera escuchar en medio del retumbar de la cumbia y el
gentío alborotado. En su quinto fernet con Coca se reían de todo y de todos y
casi no probaron bocado. Se sentían felices viendo a Colmillo exultante en esa
vieja zona de confort de ser el centro de la escena. Rodeado de doncellas en la
pista de baile, su cuerpo se contorneaba y su rostro se destacaba por esa
dentadura inmaculada que se iluminaba en cada destello del querosene quemado.
Pero, en ese bar no era común que
un hombre fuera el centro de la escena y menos aún en la pista de baile. Como una religión, o como una excusa, la
instancia lúdica que habilitaba la danza era para las damas un espacio próspero
para la celebración de sus fantasías, de su propio cuerpo, de la provocación y
el disfrute. Súbitamente empezaron a sonar canciones que marcaban la línea de
largada para bailes más provocadores, más sensuales, más instigador que los
temas tradicionales de parejas o amigos. Ni bien la escucharon, la muchedumbre
se apartó de la pista, y seis damas sacaron de un empujón a Colmillo. Se colocaron
una detrás de la otra tomándose de gentilmente de la cintura e iniciaron una
coreografía espontánea, comenzaron a bajar lentamente hasta casi tocar el suelo
y proseguían contorneando suavemente su cadera en círculos, una, otra y otra
vez. Otro ritual se iniciaba, alrededor de ellas se formaba un círculo
integrado por caballeros que se entusiasmaban por los movimientos sensuales de
las damas.
Sentada en el extremo de la mesa
la botánica no pudo contenerse y arrancó de la silla a Normandy para llegar justo
a tiempo a compartir con aquellas seis damas lo que parecía su máximo momento
de disfrute. Se fundieron así en un ritual inmaculadamente femenino, adonde los
varones tenían el ingreso vedado. Las damas integraron de inmediato a las dos hermosas
invitadas y estas en gratitud copiaban todos y cada uno de sus movimientos de
una forma obediente y acertada. Las coreografías se sucedían hasta que en su
climax las mujeres se posicionaban de a parejas. De frente mirándose
directamente a los ojos, extendían los brazos lo más recto que podían sobre los
hombros de la compañera y se repetía así un cotorneo suave hasta quedar
sosteniendo el equilibrio casi en el piso con los pies juntos y las rodillas
separadas.
Bajo el influjo de la música, del
humo y de alcohol que había consumido Normandy se debaja conducir por la
botánica y sentía que de a poco y sin quererlo ni planearlo otra vez sus ojos
esperalda brillaban y se le escapaba esa vieja sonrisa predatoria. No podía
dejar de disfrutar la espléndida figura de la botánica, que despojada de sus
ropas de hombre se había transformado en la mujer más atractiva que había visto
o sentido en su vida. Casi tan joven como Colmillo el rostro de la botánica era
el de una princesa irlandesa salida de un sueño, sus senos que se correspondían
con la amplitud de su caderas desafiaban la veteranía de Normandy y su baja
estatura no hacía más que estimular la complementariedad de cuerpos con la jefa
dama.
Apenas eran las 5 de la mañana,
pero una claridad insinuaba que se terminaba la fiesta. Como si fueran vampiros
huyendo de esa luz asesina la banda completa de foráneos y locales tomaron las
camionetas y escaparon en todas las direcciones. Quedaban solo Normandy y la
botánica. Dos horas antes también se había alejado Colmillo, invitado a recibir
un desayuno de leche de cabra recibía en esas horas una justa recompensa en la
cama de las seis damas danzantes. El sexto aullido se coló, sonoro, por una de
las ventanas del barcito solitario donde Normandy y la pelirroja hacía un largo
rato que estaban solas. Ensimismadas intercambiando risas, caricias y miradas. Una
risa compinche se apoderó al escuchar las vocalizaciones lejanas del fantástico
Colmillo, y sin pensarlo se abalanzaron sobre la última Toyota que quedaba. Sin
pensarlo y sin consultarse condujeron indiscretamente hasta el faldeo que una
ignota loma madre de aquel manantial donde nacía la laguna dorada. A la salida
del sol, recostada sobre la arena Normandy que había conocido el mundo y creía
que todo lo conocía, que todo lo dominaba le pidió a su compañera que le
quitara la ropa. Que la besara, que la tocara y le enseñara hacerle el amor sin
preguntas, sin palabras, que no la avergonzara. La pelirroja con una frescura osada que le
daba su juventud invirtió los roles improvisando de cariño a su ahora
subordinada. Se expuso con algo que resultaba bonito, algo que la
tranquilizara. Entonces le tomó la cabeza con una mano, se acercó lentamente a
su oído y le confesó algo que no había dicho nunca y realmente la avergonzaba.
Le confesó cuál era su nombre y con eso se ganó una risa cómplice de Normandy
para así abrirle las puertas a lo que vendría de docencia y entrega.
Ese primer beso suave, nervioso,
forzado, resultó imperfecto, aunque suficiente para que Normandy se sintiera
por una vez en su vida plena, feliz. Podía, aunque sea una vez en la vida no
pensar en su soledad, en el dolor o en la venganza para recibir en ese acto de
amor la redención. Redención que no había soñado ni pensado pero que como se lo
habían imaginado sus abuelos había llegado
Pasaron varios días solas en esa
enorme y solitaria carpa amándose y planeando seguir amándose más allá de la
fortuna que habían alcanzado con el oro. Pronto, exorcizada por la pasión de la
pelirroja, Normandy comenzó a recordar Nevada, Reno, el campo, la casa de sus
abuelos. Sintió un profundo deseo de abrazar a su abuelo y sin pensarlo decidió
salir volando a pasar las navidades en su compañía. Como una adolescente
enamorada empacó muy poca ropa, algunos papeles y la notebook con la base de
datos que resumía la campaña. Sobre la mesa quedaba todavía desplegado el plano
aludido por las coordenadas dibujada en tinta vergonzante, planos de perfiles
geológicos, formulas y números que revelaban resultados de la geoquímica. Y
fiel a su costumbre de odiar las despedidas le pidió a la su adorada pelirroja que
no la saludara, ni siquiera que la mirara y salió por la puerta de carpa para
subirse a la camioneta que la llevaría en sus últimas horas junto a Colmillo a
Comodoro Rivadavia.
La colorada juntó uno por uno pacientemente
todos los documentos que su jefa le había confiado para inscribir el
descubrimiento en la capital de la provincia. De sus pertenencias, solo rescató
decenas de plantas secas estampadas en hojas en blanco con nombres científicos
y de fantasía que habían inventado con Normandy en esos últimos días. Después
de subir todo a la camioneta volvió a revisar por última vez la carpa. Sobre la
cama notó que Normandy había olvidado su portaplanos negro abierto, con una
cinta verde esmeralda y un papel adentro que insinuaba un mapa enroscado.
Se sentó en la cama sobre las
sábanas que todavía conservaban trazas de los mejores y más caros perfumes de
Normandy. Tomo suavemente el portaplanos y extrajo todavía con algo de lágrimas
en los ojos el plano. Para la joven experta las curvas de nivel eran
inequívocas, pero así todo resaltaba una cruz roja deliciosamente escrita a
mano por Normandy que señalaba la ubicación exacta de la madre del oro y la
plata del gran macizo. Al lado de esta, de puño y letra se leía el nombre Ginger con el que Normandy había
bautizado la loma. Unos minutos después, ya sobrepuesta, Ginger, la botánica,
la dulce pelirroja se despidió con una sonrisa del paisaje desierto donde hasta
ayer había estado montado el campamento
Capítulo VII
La declaración y el final
Esa navidad Nevada no amaneció nevada, solo gris y fría.
Normandy cerró la puerta de su departamento de soltera en Reno muy ansiosa, se
subió al auto y condujo sin parar de imaginar los mil posibles finales felices
para ese día tan anhelado. Como era tradición, todas las navidades la familia
completa se reunía en la casa de los padres de Normandy. Sus abuelos, sus cinco
hermanas con sus varias caras y sus varios esposos, los sobrinos más que perfectos,
y algunas criadas serían testigo de la noche perfecta. Precisamente frente
todos y cada uno de ellos Normandy les haría una declaración justo antes de que
comenzara la cena de nochebuena.
Manejaba desde Reno hasta la granja de sus padres lidiando
con la nieve y con el tiempo y sobre todo intentando liberar un mínimo espacio
en su mente que no estuviera colmado de la hermosa y ahora lejana Ginger.
Pensaba en voz alta intentando esclarecer su mente que sería lo que les
confesaría en primer lugar a sus padres. ¿El descubrimiento de la veta de oro,
o sería la confesión del amor de su vida? Así todo la tranquilizaba y la
relajaba la certeza absoluta de que cualquier de las dos noticias tendrían el merecido
efecto fulminante y certero sobre su padre y todo lo que lo rodeaba. Y por si
fuera poco, subyacente, también atesoraba una alegría, la que le debía a su
único protector que era quien había apostado por ella, su abuelo.
Cuando llegó a la granja ya estaban todos los vehículos de
alta gama convenientemente estacionados. Desde su auto ya se percibía que la
familia estaba a pleno, que disfrutaban entre ellos, los niños en la nieve, los
adultos con sus copas de vino, y su padre el placer de ser el eterno centro de
la escena. Su figura siempre dominante, iluminada por el calor de la chimenea
de la sala principal de la gigantesca casona victoriana. Al entrar a la sala,
el recibimiento de su familia fue como lo esperaba, tan o más frío que fuera de
la casa. Solo el abuelo se levantó como pudo de una hamaca para abrazarla.
Comenzó a pasar el tiempo y aunque la hora de la cena se
aproximaba Normandy sentía como una puñalada cada uno de los interminables que
la separaban de la declaración de su vida. En esa amarga espera, la
indiferencia de la familia no la perturbaba tanto como algunas miradas casuales.
Miradas que venían de esa puta maliciosa y ególatra sonrisa sarcástica que le sugería
su padre cada tanto desde otro extremo de la gran sala. Hasta que por fin el
viejo decidió que era un buen momento para dar la orden oficial de iniciar la
cena y marchar a la mesa. Se paró como lo hacía siempre frente a la chimenea. Vestido
con un traje caro y elegante y esa ridícula gorra de Santa Claus dio un
semicírculo, erguido, altivo para rematar con un brazo levantado muy alto para
alzar una copa y golpearla cinco veces con una cuchara de plata.
Normandy sabía que ese era exactamente el momento de tomar
la palabra, tomo fuerzas, se adelantó dos pasos y ni bien pronunció su primera
palabra el padre interrumpió en seco su intento. Alzó su voz más alto y logró desviar
hacia él la atención de todos y todas. Pidió a su padre, el héroe de su padre, que
se sentara en la vieja hamaca, y mirando fijo a Normandy habló para todos:
-
Querida familia, quiero compartir con todos
ustedes en esta noche tan especial una noticia que merece ser compartida. No es
casual, es un regalo de Dios. Algo que nos hará felices a todos y por lo tanto
con vuestra felicidad hará de mi una persona plena. Solo puedo decirles que
ahora si lo único que me queda por el resto de mi vida es verlos crecer y que
logren alcanzar una vida cristiana, digna y exitosa como ha sido la mía.
Todos sonreían y esperaban la noticia de su retiro, la de
dejar en manos de las hermanas las empresas adquiridas, el rancho, y otros
activos, pero el hombre cambió su semblante y empezó a caminar hacia el otro
extremo de la sala. Se dirigía a Normandy que estaba inmóvil viendo la escena, sorprendida,
parada muy cerca de la puerta principal de la casa. El viejo se detuvo y volvió
a hablar siempre mirándola a ella:
-
Pero antes de eso quiero compartir este momento
con alguien muy especial, que ha estado lejos y que ha regresado. Alguien a
quien yo especialmente le debo mucho y pido perdón al señor por haber estado confundido
y distraído.
Petrificada Normandy veía como su padre se acercaba y
parecía dirigirse para darle el abrazo que siempre le había negado. Y en el
instante cuando estuvo casi pegado a ella retiró el cuerpo hacia atrás y abrió
la puerta. Afuera había un hombre esperando. El padre lo invitó a pasar, le
pasó el brazo por el hombro y juntos caminaron al centro de la sala
Normandy saltó hacia atrás al descubrir que se trataba del espantoso
hombre que alguna vez dibujó en tinta Mont Blanc un collar de coordenadas en su
pecho desnudo. Se aferro fuerte de la mano de su abuelo que temblaba tanto como
la de ella. Su padre continuaba hablando, pero ahora mirándolos con su puta
sonrisa macabra a ella y a su abuelo.
-
Todos conocen aquí a mi mejor amigo, en especial
tu hija querida – dijo mirando a Normandy. – Aquí con el mejor amigo de la
vida, quiero informarles que a partir de hoy somos socios en el mayor y más
espectacular descubrimiento de una mina de oro en Sudamérica. Querida familia,
querido amigo, brindemos en estas navidades por este gran logro personal que no
hubiera sido posible sino por todo el acompañamiento de nuestro señor Jesucristo
y el amor incondicional de esta sagrada familia y amigos, ¡Feliz Navidad!
Luego, el viejo se acercó al abuelo quien estaba pálido y tieso
como una roca, lo ayudó a levantarse de la reposera y lo obligó a acompañarlo a
la mesa navideña. Le tomó la mano a Normandy quien sujetaba con toda la fuerza
que podía a su abuelo hasta que una vez liberada se la abrió y le dejó un
recorte de un diario arrugado.
Normandy quedó sola parada en la sala vacía. Solo le
quedaban fuerzas para abrir el recorte de diario arrugado y transpirado que
tenía en su mano. Lo abrió y lo observó tan solo un segundo antes de dejarlo
caer en el piso de mármol. La nota cubría toda la hoja en lo que parecía ser la
portada principal de un diario en la Argentina. Un titular en mayúsculas y negrita
anunciaba el descubrimiento de una mina de oro por parte de la compañía junior
recién anunciada por su padre y su mejor amigo.
Debajo, una foto pequeña mal enfocada mostraba tres grises
funcionarios de provincia sonrientes dirigiendo esas clásicas miradas adulonas
a un ministro joven de camisa blanca y saco barato. El ministro con el brazo
extendido apretando en un claro gesto de acuerdo una mano pequeña. La mano de la
apoderada de la mina, una bellísima chica pelirroja con pecas de color dorado.
Ginger apartó tan rápido como pudo la mirada de esa horrible
imagen tratando de buscar algo de refugio en la mirada de su abuelo. Lo pudo
ver tan solo un segundo, saliendo sin aliento de la mano de su hijo. El héroe
la miró a ella con los ojos que alguna vez fueron azules como el mar ahora de
un rojo pálido y agonizante. No era el rojo del rostro, las pecas, el cabello
de Ginger, no, era el rojo diluido de sangre y dolor en el mar aquel seis de
junio en la playa de Normandía.
Y así fue como descubrí porqué le habían puesto Loma Ginger
al cerrito de las planchadas, pero por supuesto que para ese entonces tenía
cincuenta preguntas nuevas. ¿Qué había sido de la vida de Colmillo, de Ginger,
de Normandy, del campamento, donde estaba la vertiente, que ocurrió con el
abuelo? Antes de que el veterano explorador que me había contado la historia se
fuera al comedor en búsqueda de su cena pensé que todavía habría tiempo para
una pregunta y elegí la más urgente
-
¿Sabe que fue la vida de toda esa gente?
-
Si claro – me dijo – Hablo mucho con el Colmillo
y el me mantiene al tanto
-
¿Y que se dice?
-
Me conto varias historias. Pero esas. Esas son
otras historias
FIN
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Nota final: Todo aquí es carácter ficcional, cualquier parecido a la realidad es de mera y puta casualidad. Recuerden, es un cuento. Con lo que no se aceptan quejas, solo críticas bonitas al autor. Gracias.
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