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Droplets of blood in the snow

DROPLETS OF BLOOD IN THE SNOW


Alcanzó solo con abrir la puerta del módulo para que el hombre se quedara ciego, encandilado por los rayos de sol que rebotaban en el bordo de nieve amontonado por el viento entre el comedor y la cocina. Así todo, contra esa nieve prístina las gotitas eran evidentes, aunque el rastro de sangre era austero. Se nota que esas pequeñas gotas habían caído y se habían esparcido en seis o siete arcos de color blanco y escarlata. Alrededor había muchas huellas, y entonces, súbitamente no lo pudo evitar, su mente científica tomó toda esa evidencia y recreó una imagen: alguien, algo, con heridas en los brazos, las patas, las alas, la sangre volando hacia afuera de sus extremidades agitándose, moviéndose como lo hacen las personas o las presas en pánico, rápidamente, tropezando, con frecuentes giros para verificar si el atacante, la bestia, todavía estaba allí lista para marcar el final.
En un nanosegundo el hombre engendró un resbalón tan aparatoso y violento que lo hizo dar un giro casi perfecto de 180 grados que pudo detener agarrándome sobre un picaporte de hierro tan congelado e injurioso como el hielo mismo. Aun así, con todo el peso de su cuerpo cayendo pesadamente abrí limpia y magistralmente la puerta. Salvado de una humillación asegurada y con aires de haber planeado la maniobra entró al comedor de un solo giro, erguido, seguro. Lo próximo que vio fue la cara de asombro de dos señoras. Como se sabe, son muy respetuosas, y no dijeron nada, ni se rieron, pero tampoco ocultaron la certeza de haberlo visto todo. Todo. En una maniobra mental más rápida que la del giro en el hielo pensó tres respuestas a la pregunta que sucedería a continuación sobre esa forma peculiar de ingresar al recinto. A saber: 1.  (Respuesta mística): ¨Estaba practicando un ejercicio tántrico, algo nuevo para jóvenes pero que es solo practicado por viejos que se mantienen bárbaro¨, 2. (Culpar a alguien, viejo truco) ¨Me resbalé porque alguien que debía no tiró sal al camino y está todo lleno de hielo¨, y 3. (Realismo, o sacrificar glamour por honestidad): ¨Me distraje mirando las gotitas de sangre sobre la nieve y me resbalé¨. Se Inclinó por esta última versión porque en definitiva además de legal era la mejor para arrancar una conversación mañanera más productiva.  La respuesta de las damas, inmediata y simultánea lo dejó blanco, serio, más frío que la noche mesetana
- ¿No vio a Gato esta mañana? No lo hemos visto.  Siempre viene a pedir la taza de leche, y no vino, y todas esas gotas de sangre y las huellas. ¿No lo ha visto, no lo escuchó?
La verdad es que no tenía ni idea donde podía estar Gato pero lo angustió tanto su preocupación que tuvo que soltar algo de la inventiva reprimida intentando desviar la conversación
- No, no lo vi, pero siempre me pareció un gato resuelto a abandonarnos en cualquier momento, no se, me daba la sensación de que era tan arrogante que siempre pensé que debía vivir en alguna mansión de los aristócratas que viven del otro lado del mallín. Pero les confieso algo, tenía algo en la mirada ese animal que nunca se había sentido del todo cómodo compartir los sillones del comedor.
A continuación, se quedó en silencio pensando de que con eso sería suficiente. El largo silencio que vino después parecía darle la razón, aunque fuera ese tipo de silencios tan incómodos y bulliciosos como los que se dan en el campo. Al rato recién vino la siguiente pregunta, tan certera, tan quirúrgicamente modulada que lo detuvo en seco sin entender que era exactamente lo que comenzaba a sentir, angustia, vergüenza o sencillamente miedo.
- Las gotas de sangre vienen desde la pista de los galgos y llegan hasta el módulo donde usted está alojado ¿No le llamo la atención esas manchas que dejaron en las puertas de las cinco habitaciones?
El gato que las desvela a las damas no es un gato cualquiera.
Tampoco es el gato de la foto, de hecho, el gato a que me refiero no tiene fotos. El gato de la foto tiene nombre, tiene alguien que lo quiera, tiene una casa donde lo esperan. En cambio, a Gato nadie ha querido ni ha podido retratarlo. Ni siquiera tiene nombre, por eso ellos lo llaman simplemente ¨Gato¨. Esa es la única certeza que tienen de la bestia, que no tiene nombre porque nadie se ha animado jamás a ponerle un nombre. No es muy misterio, sencillamente a todos y todas los aterra esa criatura espeluznante, su figura, su ronronear, todas sus vidas de la uno a la siete. Allí todos saben que gato no estuvo siempre en el campamento,  aunque ninguno, sin excepción sabe cuándo ni cómo exactamente que apareció. A todos los desconcierta porque sienten que es una entidad presente, sin antes, sin pasado, es decir saben que está, ahí, siempre, ahora, pero no pueden o les resulta dificultoso pensarlo antes. Las damas por ejemplo han confesado que cuando lo piensan lo olvidan y cuando intentan olvidarlo se hace presente. Nadie puede garantizar como se hizo dueño, como construyó territorio, quien lo nombró señor.  Gato es un despojado de belleza, de carisma, no genera ninguna empatía, ni odio, ni siquiera desprecio. A veces pensamos que por esa ausencia de pasado nunca nadie lo ha podido querer, ni conquistarlo ni mucho menos amarlo.
Gato tiene una obsesión geográfica. Gato se circunscribe únicamente a los límites del campamento. El límite Oeste esa formado por un alambrado sobre la calle, al Este un mallín grande aunque diesmado, al norte una vieja pista de galgos y al sur una casita humilde de buenos vecinos. Podría salir o entrar porque no son barreras reales, sin embargo, lo vemos llegar hasta esos límites territoriales imaginarios y quedarse siempre a veinte o treinta centímetros sentado mirando serenamente los acontecimientos. Gato no tiene conflictos con los otros animales, no persigue aves, no es perseguido por los perros y tampoco es seducido o amenazado por otros gatos. No sabemos si gato es macho o hembra. Creo que gato tiene una obsesión con los límites. Es una conclusión que he sacado luego de varias anécdotas de la gente que convive en el campamento. Una de las damas me contó que gato no soporta los rechazos, las negaciones. No importa lo que requiera no acepta por respuesta un no. Ayer justo cuando en el climax de la nevada más grande que hemos tenido gato pidió entrar a la cocina. La dama no llegó a tiempo a abrirle la puerta y gato se retiró furioso debajo de un montículo de leña. Es que gato tampoco soporta esperar nada ni a nadie. Pero tiene tanta paciencia como rencor acumulado. Cuando la dama se retiraba intentando no resbalarse en la nieve comprimida y congelada por la helada de la noche temprana gato la esperaba debajo de una caja de barras de minerales. Esperó el momento de máxima vulnerabilidad que en ese pasillo se produce cuando uno de los reflectores encandila la vista y hay que abrir la tranquera a ciegas. Se lanzo sobre sus piernas intentando hacerla caer y si no lo lograba al menos darle un susto bárbaro. No era la primera vez y quizás por eso la dama se sobrepuso rápidamente. Pero gato tiene inventiva, creatividad maliciosa y manteniendo sus veinte centímetros de la frontera imaginaria ni bien la dama cerraba el portal lanzo 7 zarpazos repetidos sobre las pantorrilas de la atribulada mujer. Y no es un cuento, justo esta mañana pudimos ver los arañazos de las garritas sobre la parte trasera de los borceguíes.
Las gotitas de sangre en la puerta del Módulo se fundían sobre la nieve espesa. Incluso después de 2 horas seguían descendiendo en la espesa capa de nieve, como petróleo calcinante me daba la sensación de ver un vapor que las rodeaba. Pero a diferencia de las gotitas que cada vez eran más evidentes ahora no podía distinguir las huellas, se habían fundido entre ellas, ya no eran tan evidentes como en la mañana. El hombre quera un hombre de ciencias lo supo inmediatamente La esperanza de ver las huellas de gato se desvanecieron con la evidencia desgarradoramente empírica que tenía frente a sus ojos.
Tal como se lo había señalado la más elocuente de las dos damas, aquella mórbida procesión de gotitas de sangre se extendía desde el portal de ingreso del módulo Sur hasta los límites del campamento y hasta más allá de donde alcanzaba la vista sobre la abandonada pista de galgos. Eso no lo preocupó al hombre, para nada. Lo que lo perturbaba era lo que había dentro del edificio, el mismo sitio donde él se alojaba desde hacía ya demasiado tiempo.  Sin embargo, para esta clase de hombres, sujetos formados en las ciencias de la vieja escuela darwiniana la religión científica les daba una bravura inusitada cuando caen bajo los efectos narcóticos de altas dosis de fe científica. No pueden evitar ese shock adrenalínico de explicarlo todo con la mejor hipótesis, no la más sencilla, la del evento próximo, de lo evidente, no. Al señor lo impulsó la necesidad de explicar una vez más, de que manera esa maquinaria devastadora de individuos que es la selección natural podrían engendrar bestias de esta naturaleza. Comportamientos, formas, respuestas rayanas a lo creacionista. Así, el señor superó al temor que lo antecedía, respiro una sola bocanada de aire helado y abrió resueltamente la primera puerta del complejo, luego la segunda y luego intentó abrir su mente
El módulo es un edificio de estructura pre-armada que comienza compuesto por un espacio común que se proyecta en un único pasillo que separa cinco habitaciones de cuatro por cuatro metros con sus baños privados. Las habitaciones están numeradas, comenzando por la primera a la derecha se encuentra la 1, luego la 2 y la 3, y sobre el otro lado desde el extremo posterior la 4 y finalmente la 5, que precisamente enfrenta su puerta a la 1.
El hombre cayó en la obviedad de investigar la escena ingresando al pasillo para observar detenidamente la puerta de la habitación 1. La evidencia era escandalosamente sencilla, las gotas de sangre del exterior se transformaban súbitamente en huellas de sangre de patas de patas de un animal que habría entrado corriendo desde afuera. Por conocimiento o por desesperación se habría dirigido a la puerta 1. Dos huellas largas de sangre más diluida pero pegoteadas al suelo indicaban que el animal se habría frenado bruscamente y habría resbalado hasta golpear contra la puerta. La herida debía haber estado sobre la cabeza de la infortunada bestia porque había una mancha estampada sobre la puerta a aproximadamente treinta centímetros de altura. Había quedado un dibujo sombrío, una especie de margarita carmesí de cinco pétalos delineados por sangre seca y pelos.
El animal debió intentar escapar hacia la habitación 2 puesto que lo más próximo eran cuatro huellas perfectas que indicarían que habría dado un salto para caer en seco sobre las cuatro patas primeras para dar luego un giro casi perfecto hacia su espalda. Seguramente la presa intentaría asegurarse de que quien o quienes lo perseguían habían quedado atrás o tal vez solo para dar batalla frente a frente en un último intento de salvación. A esa altura el señor no podía evitar concluir que la víctima había sido Gato. Como sea, gato o no gato, la presa debía haber quedado paralizada por el miedo cuando corroboró que sus seguidores también ingresaron al pasillo hasta quedar frente a frente.  Luego, lo habrían atropellado y empujado hasta el final del pasillo. Eso explicaba un tropel de huellas mayores de patas y garras y al medio una huella de algo arrastrando, seguramente el cuerpo agonizante de Gato. Acorralado, al final del pasillo ya casi sin fuerzas Gato habría intentado abrir la puerta de la habitación 4. Es que no había otra explicación para la ausencia de más huellas, solo dos manchitas purpura a la altura del picaporte. Eso ya era una certeza para el señor, allí lo habrían atrapado por la espalda, le habrían clavado los colmillos o peor, le podrían haber acertado una o varias puñaladas certeras. Al final ahora si, con el último hilo de energía habría gritado, gemido, arrastrándose hasta llegar a última habitación apoyándose sobre sus dos manitos blancas  dejándose caer lenta y agónicamente sobre la puerta. La puerta número 5, esa que evidentemente nunca se abrió y que le negó para siempre ese breve y mágico momento de salvación o de despedida. Allí habría terminado todo.
Súbitamente el señor sintió un calor que le subía al cuerpo, una energía rejuvenecedora, una alegría solo explicable por aquel que alcanza su meta. Estaba satisfecho, gozaba, estaba feliz porque como no lo había hecho hace mucho tiempo, esta vez había concluido su investigación. El miedo y la ansiedad habían mutado a tranquilidad, sosiego, la duda se había vestido de dicha. Esta vez volvió a respirar profundo, pero fue para ganarse un autosuspiro. Se sintió practico y pensó que lo mejor ahora era llamar al servicio de limpieza, para sacar toda esa inmundicia que había en pasillos y puertas, de paso aprovechar y descansar un buen rato. Tenía merecido un descanso después de todo.
Abrió la puerta con una sonrisa desbordante y se fue a buscar su teléfono. El aparato no estaba en la mesa de luz ni tampoco sobre la cama, ni entre las sábanas ni debajo de ella. Debía estar en el baño. Abrió las ventanas para tener luz natural y cuando miró al baño algo lo sobresaltó nuevamente. No porque la puerta del baño estuviera cerrada siendo que el deliberadamente la dejaba siempre abierta. Era algo allí adentro, no era un sonido, no era un olor, ni tampoco sombras. Algo había allí adentro.

Todavía con algo de la adrenalina del científico se animó a pensar que podría ser la gente del servicio de limpieza. Intentó alzar la voz pero solo le salió un llamado apagado. Así lo hizo tres veces sin respuesta. Entonces no tuvo más remedio que levantar su brazo que a esa altura debía pesar una tonelada a saber por lo que le costaba llegar al picaporte. Cuando lo alcanzó pudo notar los rasguños en la mano derecha, la sangre seca en el puño de su camisa. El calor de la excitación original se transformó en una transpiración fría que le nublaba la vista. El corazón comenzó a latir tan fuerte que podía sentirlo retronar contra las ventanas de vidrio. Así todo, como era un hombre valiente, giró el picaporte y abrió de un golpe la puerta.
El baño estaba inundado de vapor aunque la temperatura era condenadamente más baja que la habitación, o el pasillo, incluso que afuera. Del otro lado solo se veía el espejo. El espejo empañado que preveía una figura tan lúgubre como macabra
El tiempo se detuvo justo en ese metro y medio que separaba al hombre del espejo empañado. En esa clase de limbo el señor intentaba ordenar los pensamientos, uno tras otro, en orden cronológico, metódicamente.
- ¿Esas manchas ya estaban cuando salí temprano por la mañana? Entonces si era así, ¿Cuándo habría ocurrido la persecución, la cacería, esa carnicería frenética que decoraba el pasillo exterior? Debió ser anoche, cuando estaba durmiendo. ¿Pero como no escuchar la lucha, los gritos? -Es imposible, es imposible, se lamentaba el señor
Entonces, solo entonces lo invadieron los pensamientos más oscuros, los más veraces y con ellos la vergüenza y la congoja
- ¿Por qué no abrí esa puerta? ¿Porque no le salvé la vida a Gato?
Tal vez pasaron minutos, o segundos con la mente en blanco sin poder responder, responderse. Hasta que de a poco el espejo comenzaba a desempañarse y la figura borrosa que lo miraba del otro lado comenzó a tomar forma, color, textura. El hombre de ciencias se enfrentaba a otra prueba empírica, la contundencia de un testigo tan veraz como confiable como lo era ese objeto contundente, inanimado, el espejo. Y así, en el instante más amargo de su vida, al ver su propio rostro reflejado en el espejo pudo recordarlo todo.
La memoria lo llevó de vuelta a los dramáticos instantes finales del oscuro pasillo sangriento. Y a el mismo no como testigo, no como observador. Como protagonista. La luz del sol comenzó a desaparecer con la tarde, el vapor del baño a desaparecer y la temperatura a normalizarse. El medio ambiente recobraba normalidad, el paisaje, el aire, los ruidos, salvo el hombre. El hombre se desvanecía y sentía como caía lentamente. Y no podía evitarlo. Una vez en el piso sintió que se le escapaba de apoco angustia, la pena, los medios, pero también se le escapaba su propia alma. Su última sensación física fue la de unas patitas pasando por sobre su pecho, suaves, silenciosas, delicadas, deliciosa y maliciosamente sensuales.

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El sol ya caía en el Lonco Trapial y eso marcaba la hora de la salida de las dos damas. Como lo habían hecho desde hace diez años salieron juntas, cerraron la cocina y se quedaron unos minutos afuera a terminar otra de las tantas conversaciones no concluidas. Fue cuando vieron el cuerpo de un animal que yacía dentro de la casilla que cubría una parrilla. Estaba allí adentro, aparentemente inmóvil. No dijeron palabra, pero pensaron lo peor hasta que una lucecita roja las sobresaltó. Luego otra y luego el movimiento de dos ojos que se movían hacia ellas.
Gato salió de la parrilla con un gesto feliz, como no lo había tenido nunca. Bajó de un saltito, se desperezó y frotó su espalda como lo solía hacer con la más pequeña de las damas. Luego caminó hacia el Lonco Trapial. Las patitas iban dejando las huellas en lo que quedaba de nieve, y esas mismas huellas se desvanecían a medida que Gato se alejaba. Llegó a su frontera de siempre, la de alambres, y se detuvo seis segundos. Miró hacia atrás un segundo más y luego atravesó resueltamente el alambre y camino lento, seguro. Unos juncos altos y secos del mallín ya permitían verlo. Las damas sintieron un alivio sobrenatural. Sabían al final el día había llegado. Gato había atravesado su propia frontera.

Fin

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